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El Horizonte, El Océano - Julián Zapata

“El Horizonte, El Océano”

Cuento escrito por Julián Zapata

Ganador concurso literario – categoría cuentos.

El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo y que mañana lo llevará de vuelta. Recuerda la travesía: el primer impacto de su bota contra la madera, el mareo atroz frente al espejo, los ronquidos del capitán en el cuarto de al lado, una mano fría que lo despertaba por la noche, las pesadillas titilantes, el turbio amanecer. Recuerda cuando lejos de su amada y de su niña lentas olas lo invitaban a la muerte, cuando el llanto, el miedo, la lluvia sobre el agua gris y él, frente a todo él, sin entender por qué él, por qué a él, que había sido bueno, manso, le tocaba subir y mirar la noche en la cubierta. Por qué, si nadie vendría, si nadie había ni quedaba en ninguna parte. Y entonces, el terror de mirar hacia abajo y no entender, recuerda, el terror: aquella criatura que soportaba la nave porque sí, aquella criatura de quien ninguno de sus compañeros parecía desconfiar. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo y que a veces escupía, ahora lo recuerda. Es que buscaba una respuesta, que el océano se defendiera, que acabara con él sin enchastrar su nombre. Pero el océano prolongaba su silencio y ni su saliva, ni sus palabras le importaban. El océano era bueno y eso lo hacía temblar. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo, y suspira como diciéndole a su tierra que volverá. Cuánto le pica el cuerpo, la piel de ambos lados. Desearía nadar en un río donde los peces se acercarán a comer su mugre, el pegote que lo viste bajo la ropa. Quisiera sentir el cosquilleo de las pequeñas bocas que por fin lo alivian. Pero no puede, nada de eso, debe mantener la postura: el pecho erguido, la mirada altiva, la mano en la empuñadura, y que todo marche bien para el regreso. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. Dentro, el vino ardiente rebota en cada uno de sus bordes, de sus límites. Puede sentir el golpe de la sangre contra la piel, y las venas, infladas de excitación, y el estómago, revuelto y vacío. Puede sentir el corazón desfondado que bombea y se inunda por primera vez en mucho tiempo, y la lengua, casi muerta, seca, pegada a su cueva, y los brazos, las piernas, hasta los ojos, duros, secos. Algo sube por su espalda. Vibra. Algo aletea desesperadamente contra su gruesa camisa blanca e intenta escapar. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. El bicho camina por su piel pegoteada a punto de clavarse. Él lo sabe, pero no su mueve, y de un momento a otro, el bicho se clava, y él grita, pero no se escucha. El capitán pasa frente a sus ojos, por la costa, y lo saluda con la mano en el aire. Lleva cuatro hombres encadenados y desnudos. Ellos resisten débilmente y el capitán los empuja para que caigan en el trémulo bote. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo, y recuerda el día antes de partir, cuando mojó de lágrimas la cabeza de su niña. El capitán regresa por la costa y esta vez ni siquiera lo mira, y él recuerda, y la sangre arrea su pecho, y él recuerda, y las espuelas se clavan en su cuero, y él recuerda, y bastaría una gotita para hacerlo reventar. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. De pronto, una mano toca su hombro, pareciera venir a ayudarlo, y alguien lo llama a sus espaldas una, dos, tres veces, pero él, sin embargo, mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo y oscurece. El capitán viene desde la orilla para decirle algo, pero el hombre, una vez más, mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo, y no responde, no mira, ni siquiera escucha. El capitán desaparece y el zumbido de los bichos aparece. Algo lo reprime, algo como un vidrio templado que se expande sobre el contorno de su piel salada. Nada lo interrumpe, ni los bichos, ni el llanto de los cautivos encerrados en el barco. Con las primeras luces del día, uno de ellos salta, torpe de cadenas, y se hunde rumbo al ancla. Eso, tampoco lo interrumpe. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo y amanece. Frente a él, sus compañeros se alistan como si no existiera. Incluso, uno de ellos, se lo lleva por delante y luego observa la tierra sorprendido, y luego ríe, y luego se marcha. Y él quisiera darle un puñetazo en el estómago, escupirlo, desenvainar, pero no se mueve, ni un gesto, y lo deja ir. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo, y llora hacia dentro cuando los hombres se marchan. Las lágrimas caen desde sus párpados hasta su corazón, como si la carne no estuviera, y el tiempo avanza, al igual que siempre, las noches, las lunas, y él sigue plantado en su lugar, recordando después de todo. Una mañana los barcos regresan, y él, todavía él, que se pregunta por qué él, por qué a él, ya casi no recuerda, ni siquiera le importa, solo desea que lo salven, que lo ayuden, si fue bueno, manso, pero no, nada, nadie. Y después las noches, las lunas, el tiempo. Y después las olas, los bichos, los barcos que llegan, que se van. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. A sus espaldas, grandes construcciones se levantan. Cada día alguien lo lleva por delante y luego observa la tierra sorprendido, y luego ríe, y luego se marcha. Una mañana el capitán regresa y él lo ve, amarrado al timón, posicionarse en el único punto de mar que le pertenece, el único punto que mira desde hace años. En tierra firme, el capitán ya no arrastra encadenados por la orilla, solo fuma y tose. Una noche muere frente a él, y él hubiera querido socorrerlo, levantarlo, como si de pronto pudiera olvidar, pero no puede, y llora un poco más. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. Una tarde, cuarto muchachos lo reconocen. Son jóvenes. Ha pasado tanto tiempo. Le tocan la cara, la cabeza, el bulto, el bigote. Lo tantean, firme, duro, clavado en su cuerpo. Por la noche se lo llevan y todo desaparece frente a él. Figuras borrosas, colores casi ciegos. Cuando lo sueltan desde el aire, un pedazo de cemento le raspa la cara. Por la mañana regresan y lo colocan sobre un pedestal donde alguien talla una fecha y un nombre que alguna vez fueron suyos. El hombre mira satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo y que ya no está. Quisiera ver un nítido color, el mar que pese a todo lo abrigaba, el cielo que sin embargo seguía en su lugar, pero ya todo se fue y él mira, aún, satisfecho el horizonte, el océano que lo trajo. Ahora, los muchachos pasan, las muchachas pasan, leen su nombre y lo contemplan en lo alto, heroico, y desconocen su dolor. Ahora, una paloma se posa en su hombro derecho. Ahora, está solo en medio de una ciudad repleta. Ahora, recuerda por última vez sin entender por qué él, por qué a él, si hija, si mujer, si bueno, si manso, si patria, si tierra, lejos, él, por qué él, por qué a él. Ahora, recuerda por última vez el horizonte, el océano que lo trajo.

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