A Besos Imperfectos- Dante Guastavino
- la bola
- 6 nov 2020
- 6 Min. de lectura
“A Besos Imperfectos”
Cuento escrito por Dante Guastavino – segundo puesto categoría cuentos.
Pensaba en su mirada, silenciosa de desazón, pero ávida de encontrarse en el reflejo de sus ojos. Nunca volvió a verla luego de la quinta luna de otoño, la cual marcaba el regreso de un cielo gris y sin hojas. Eso lo desesperó, saber que no podría volver a verla, pues sus ojos eran el vestigio de sus recuerdos.
Lo único que le quedaba para recordar era el pequeño artefacto que se mantenía encendido en su mesa de cerezo. Pero tanto él como ella sabían que no era lo mismo.
El humo bordeaba las casas aquella tarde, era tanta la sumisión instaurada que ni las ventanas se atrevían a abrirse de par en par. Pues cualquier relación con el par, había sido anulada. No hubo denuncias, huelgas ni quejas. El único ruido que entraba por las perforaciones de algunas paredes o por techos resquebrajados eran las sirenas, y el recordatorio que sonaba por el megáfono.
“Se recuerda a los civiles permanecer en sus casas, mediante la ley marcial número 16708. Ante la negatividad de cooperar, se le recuerda que podrá ser apresado por las fuerzas armadas.”
Recordar… Escuchaba mucho eso. Lo escuchaba de su padre, quien le recordaba que, si algún día llegaban, salga por la chapa debajo del piso de la cocina y que tenga siempre a mano la foto de su abuela.
¿Dónde estaba la foto de la abuela? ¿La perdí de nuevo? Mi viejo me va a matar.
Pero un sonido lo quitó de su umbral. Venía de aquel artefacto, aún posicionado en la mesa de cerezo.
“Hola”
Sus ojos miraban sorprendidos a través de aquella luz que lo encandilaba.
-Hola, ¿Quién sos?
-Yo!
-¿Quién?
-Yo, soy yo
-¿Enserio sos vos?
-Sí!! Papá me dijo que no diga mi nombre por las dudas.
-¿Estás en tu casa?
-Sí, pero no podés venir.
-Ya sé… Pero para saber.
El silencio que a veces genera nudos en la garganta, estaba replicado de forma exacta en estos aparatos.
-¿Tu familia está bien?
-Sí… Mi viejo está un poco mal, el otro día murió la abuela, y no pudimos ir a verla.
-Uy, ¿Y tu mamá?
-Conteniendo a papá, pero nada más.
-¿Viste los destellos en la noche?
-¿Destellos?
-Sí, papá dice que son explosiones, pero no se escucha nada así que no sabemos.
-Yo lo único que veo ahora son las estrellas, como no funcionan más las fábricas se re ven ¿Te diste cuenta?
-¿Enserio? Acá sigue el humo, es increíble.
-Acá al menos puedo salir al techo, es impresionante lo que se ven te juro. Un día de estos voy a ver si se ve tu casa desde ahí.
-Estamos a casi treinta cuadras, no vas a ver nada, aparte está llena de humo.
-Ya vas a ver que sí.
Las primeras luces del día eran acompañadas por un ruido uniforme y estruendoso, había tropas marchando en la calle, él las miraba desde su techo. ¿A dónde irán?
A unos pocos metros, se escucha un grito desde un megáfono, mientras los uniformados apuntan su juicio hacia la casa vecina.
Pero sus ojos apuntaban más allá de aquella casa, sin embargo era verdad, una gran cortina de humo evitaba que sus ojos se posicionen más lejos.
Gritos, exclamaciones, aullidos, madera quebrada, vidrios rotos, el sonido que se produce al impactar el plomo con el ladrillo, la combustión del oxígeno con el calor. El conjunto de acciones caóticas tenía su origen en la casa vecina, a pocos metros de él, donde yacían los soldados en pleno acto de indiscreción fijando sus ojos en toda abertura posible, donde dos mujeres y tres hombres comían mientras miraban las noticias en un artefacto similar al que él poseía.
Sin embargo, él estaba atento aún en ver más allá del humo. Hasta que un gran peso lo tomó por sorpresa, y cayó del tejado a las manos de su padre, quien lo llevó adentro.
-Tenés razón, no te vi.
-Te dije que era imposible.
No habló con nadie lo que había visto, pero supo lo que sucedía, lo supo bien. Desde aquel día, ya no soltaba la foto de la abuela.
Pasaban los días, y aquel pequeño artilugio se volvió su vida, su obsesión, su vicio. La única persona que lo entendía estaba allí, esperando respuesta.
- ¿Qué contás?
- El otro día vi algo. No sé cómo describirlo.
- Decime! ¿Qué era?
A veces resulta difícil, la sensación de saber algo y no reconocerlo, por miedo a que te atormente más de lo que debería. La imagen la tenía clara, presente, como un velo entre él y el mundo.
- No quiero que se te quede la imagen.
- Dale!! El humo acá es insoportable y me aburro.
- Mataron a alguien. -Mataron a alguien, pero todos los días pasa eso ¿No? -Pensó. –Mataron a alguien y lo vi, por el techo lo vi.
Ella no le contestó, más bien no le contestó por días.
Pensaba en aquel momento, aquel instante exacto en el que dejaron de hablar. Todos esos recuerdos pasaban por su cabeza mientras corría a la entrada del barrio en donde vivía ella. Los soldados ya lo habían visto cuadras atrás, la persecución era inminente. Nunca fue de correr mucho, pero aquella vez se superó.
- Perdón por colgarte. Pasó algo.
Eso le escribió ella la noche anterior a que él se decidiera por ir a buscarla. Aquella noche no llegó a contestarle, sus ojos no daban abasto y había caído exhausto en su colchón minutos atrás.
Al otro día ni miró el artefacto, sintió un repliegue de sus emociones, un dolor en el estómago, como una punzada.
Se sentó en el techo y esperó a que lo llamen para almorzar.
Comenzó a ver la ciudad, pero prestó tanta atención en los detalles que se le había pasado por alto algo crucial. El humo se había ido. La casa de ella se veía perfectamente.
Recordó aquellas punzadas de la mañana, el frío era sofocante, seguía siéndolo. Estiraba las piernas lo más que podía, pensaba en ella, que había sido de su vida todos esos días sin comunicarse.
Los gritos se hacían cada vez más cercanos, los ruidos de advertencia. Pero siguió corriendo, ya no podía rendirse. El barrio donde vivía ella era más grande de lo que pensaba, apenas había hecho cinco cuadras, le faltaban diez más. Pensar eso le atormentaba, hasta que no pudo continuar.
Un destello similar al que había visto días atrás perforar la casa del vecino lo atrapó, seguido de un fuerte ardor que le mordió la pierna. Salvaje y voraz, quemaba y se comía los huesos, pudría la carne.
Cayó al suelo y se arrastró hasta donde pudo. La sangre le salía a montones. No tenía la foto de su abuela para apretarla, pues la había perdido cuadras atrás. Su padre debía estar muy enojado.
De repente se vio rodeado por botas de cuero negras que le gritaban. Sí, le gritaban las botas. Lo apretaron bien y le dijeron algo, pero no escuchó nada. Ahora podía respirar, meditar, reflexionar.
Un miedo lo atormentó nuevamente, ya no eran las botas, sino la ausencia.
Estaba solo en aquel barrio, realmente solo.
Todas las puertas que veía desde su postura eran réplicas de la casa de su vecino.
No había un solo ser que respirara allí, más bien no había nadie.
Se había metido en la boca del león voluntariamente.
Ya no pensaba en ella, tomaba bocanadas de aire para no dormirse, mientras escuchaba a los soldados hablar. Su horizonte no se hizo blanco como todos dicen antes de morir. Era negro, totalmente negro, sin ningún matiz, le atraía más el concepto de ver la luz, pero no era el caso. En las profundidades hay oscuridad, no luz.
Siente algo en la frente. No era experto, pero parecía metal, pequeño. Entraba perfecto en el entrecejo y estaba tibio, como si quemase luego de un rato.
-Nunca más me escribió, ¿Habrá sido odio? No sé ya no importa –Eso fue lo último que pensó, y como cualquier otro día de aquellos, cerró los ojos y durmió.
Sacaron el cadáver unos minutos después, y lo apilaron junto al resto. A las ocho de la noche llegó el camión y los recogió. El otoño seguía siendo frío, las hojas seguían cayendo. Y una cortina de humo volvió a alzarse sobre aquel barrio. Nada había cambiado, todo seguía siendo igual. Como luego de aquella quinta luna de otoño, la cual marcaba el regreso de un cielo gris y sin hojas, y pensaba en su mirada, silenciosa de desazón, pero ávida de encontrarse en el reflejo de sus ojos. Sus hermosos ojos.
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